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viernes, septiembre 6

Conjeturas y observaciones.

Pues vi el otro día una película de animación basada en Los viajes de Gulliver, bastante antigua, del 39. La película, a pesar del título, sólo estaba basada en la primera parte del libro, el viaje a Liliput y Blefuscu (esto es, la acción de Gulliver queda en singular). Esta curiosa decisión puede estar basada en que la película se base en ciertas ediciones del libro que sólo incluyen la primera parte, nacida de la curiosa práctica de que esta obra fuera destinada como literatura infantil durante bastantes generaciones, y seguramente por el ascendiente tono misántropo del libro conforme Gulliver se embarca en nuevos viajes, sólo se les daba para leer la parte de Liliput, mucho más suave. A esta práctica los anglosajones la denominan “to bowdlerize”, que tiene incluso un sustantivo, “bowdlerization”. La palabra en sí viene de Thomas Bowdler, un farmacéutico, responsable de una curiosísima contribución a la literatura universal: las versiones censuradas, adaptadas para el público infantil y el FEMENINO, de los dramas de Shakespeare. Por si usted no conocía esto, le dejo unos minutos para asimilarlo. ¿Ya? Bien, pues para que se haga una idea, me limitaré a decir que en Hamlet, Ofelia no se suicidaba, sino que se ahogaba accidentalmente y que en otra obra no salía una prostituta porque está feo. Supongo que de Tito Andrónico arrancarían hojas enteras. Pues bien, el sobrino del señor Bowdler afirmó por escrito que estos trabajos fueron obra de la hermana de este tipo, esto es, una mujer (poetisa y novelista, para más señas). ¿Por qué no reivindicó sus “méritos”? Porque habría estado mal que una mujer leyera y entendiera, ya tiene delito, los pasajes más descarados de Shakespeare. Dejo otros tantos minutos para asimilarlo (supongo que más que antes). Resumen por si alguien no lo ha entendido: una mujer censuró una obra con el fin de que las mujeres (y los niños) no la leyeran, y esta censura la firmó su hermano para que no se supiera que ella leía y entendía de literatura atrevida. Después de tantos disparates, era inevitable que los Bowdler acabaran acompañando a Homer Simpson y su nombre ahora signifique adaptar una obra a un público inocente o a otro medio más popular retocando los asuntos moralmente más espinosos del argumento original. Normalmente tiene un sentido peyorativo, pero no siempre tiene que denotar que la adaptación sea mala. Por ejemplo, El nuevo traje del emperador de Andersen está basado en el relato del traje del rey de El conde Lucanor, de don Juan Manuel, pero se diferencia de este en que en el original, aquel que no viera el traje “no conocía a su padre” (que era un bastardo, vamos). Por ello, todos callaban para no perder su estatus, hasta que un esclavo, a quien le era indistinto quién era su padre, le contó al rey que iba desnudo. Andersen prefirió quitar del medio el asunto venéreo y, en consecuencia, de la imagen social para dejarlo en la inocencia infantil, que ve a través de todas las cosas. La fama de su versión es un argumento a favor del cambio que realizó. Pero esta entrada no va a ir acerca de Andersen, ni de Juan Manuel, ni de los Bowdler. Tampoco de la película, de la que sólo diré que no está mal, pero que para cambiar un argumento y dejarlo por la cuarta parte que se haga como Hayao Miyazaki cuando filmó El castillo en el cielo/Laputa*, esto es, que se hubiera llamado Liliput y Blefuscu. Vengo a hablar de la obra en sí, escrita por Jonathan Swift. Aunque, como digo al principio, algunos la hayan considerado una obra infantil por su tremenda fantasía, la obra en sí es una sátira de la Inglaterra de los tiempos del autor, que es retratada más y más mordazmente conforme el argumento transcurre. A su manera, la obra casi podría ser considerada un ejemplo de ciencia-ficción a medio camino entre aquellas obras griegas sobre gente que llegaba a la Luna y gente como H. G. Wells: una fábula que ilustra preocupación por una situación del presente. A partir de su visita al país de los gigantes, Brobdingnag, la situación de Inglaterra es representada como muy negativa, moralmente tan inferior al escenario de la historia como Gulliver físicamente contra sus habitantes; y esta crítica se extiende al resto de la humanidad a lo largo del siguiente viaje a Laputa**, Luggnagg, Glubbdubdrib y otros lugares. Después del último viaje, a la tierra de los houyhnhnms, uno no sabe si Gulliver se ha vuelto loco, pues su carácter se ha vuelto muy misántropo y dedica su tiempo a enseñar a hablar a dos potros. Mi comentario se refiere al tercer viaje, concretamente a Glubbdubdrib. Es curioso observar que si bien Laputa es descrita de un modo que casi, casi iguala el interés de Wells o de Verne en dotar a sus narraciones de solidez científica (la isla no flota, sino que se mantiene por la fuerza de repulsión de un potentísimo imán); en Glubbdubdrib se apuesta por la magia pura y dura: en esta nación, sus habitantes son magos capaces de invocar por un día a los muertos, con un descanso de tres meses para el difunto traído del más allá, quizás para recargar la batería que le permite pasar de un lado a otro o porque, como comentaba un conocido, los espíritus tienen que soportar una verdadera burocracia esotérica. Por supuesto, Swift aprovecha para invocar a unos cuantos muertos célebres y reírse un poco, por ejemplo, el protagonista llama a César y Bruto juntos, los cuales, lejos de enfadarse, resulta que se entienden y el propio César acaba declarando que su asesinato contaba para Bruto más que para sí mismo todas sus hazañas juntas. Después, el protagonista decide invocar a Aristóteles y le pregunta por su sistema natural, a lo cual contesta lo siguiente (pdf aquí):
This great philosopher freely acknowledged his own mistakes in natural philosophy, because he proceeded in many things upon conjecture, as all men must do; and he found that Gassendi, who had made the doctrine of Epicurus as palatable as he could, and the vortices of Descartes, were equally to be exploded.
Conjeturas, dice. Bueno, el caso es que decide hablar sobre la “teoría de la atracción” que tan de moda estaba por la época en que el libro fue publicado, y contesta esto:
He predicted the same fate to attraction, whereof the present learned are such zealous asserters. He said, “that new systems of nature were but new fashions, which would vary in every age; and even those, who pretend to demonstrate them from mathematical principles, would flourish but a short period of time, and be out of vogue when that was determined.
Que pasará, dice. Sí, bueno: trescientos años y todavía se enseña. Esta es la parte del libro que menos me gusta, algo predecible, dada mi formación científica: las pullas del autor hacia los primeros científicos de la época, que ya empieza en Laputa, cuyo nombre respondería, según algunos, a la aquiescencia de Swift con aquellas famosas declaraciones de Lutero. En Laputa viven filósofos, preocupados porque a lo mejor se les cae un cometa encima y que intentan verdaderos disparates, como obtener comida a partir de excrementos o dejar a un grupo de estudiantes mover al azar letras a imprimir en una especie de ordenador mecánico, con la esperanza de que algún día, vaya usted a saber cuándo, entre todos acabarán escribiendo grandes obras para la humanidad. Hay que reconocer que, desde la perspectiva de entonces, algunos de los experimentos de la Real Sociedad parecían extraños, pero es que en esa misma opinión podría haber coincidido un cateto cualquiera. Por otro lado, la declaración encierra ironía por un asunto que por aquel entonces, como ahora, era muy común: el Debate de los antiguos y los modernos, a saber, si hoy en día se sabe más que antes. Por supuesto, este debate continúa, sólo que los antes modernos pasan a ser también clásicos, tanto porque el tiempo no perdona a nadie como porque un clásico es quien trabaja para las generaciones futuras. A mí este debate me parece similar a otros tan imbéciles como “Fantasía contra ciencia-ficción” o “Sega contra Nintendo” (cuando yo era chaval, eran estas dos): puras y duras ganas de perder el tiempo. Está claro que en todas las épocas nace gente genial que realiza descubrimientos y/o escribe obras geniales, lo que nunca está claro es quién pasará a la historia y quién no será sino una moda. Ni siquiera en asuntos científicos, de los que dos más dos son cuatro se puede estar seguro, y si no miren a Mendel con sus leyes de la genética: por un tris llevan su nombre, porque nadie se enteró en su época por el hecho de que publicaba en una revista minoritaria, y porque los descubridores posteriores de estas leyes tuvieron un punto de honradez y de caballerosidad que provocaría el sonrojo de sedes políticas completas. No hablemos ya de los prejuicios culturales: el átomo es todavía presentado como un resultado de las ideas de Leucipo y Demócrito, pero lo cierto es que hay dudas sobre si a los indios se les ocurrió antes, concretamente a un tal Kanada, cuya fecha exacta de nacimiento varía entre el siglo VI a.C. (antes de los dos griegos) y el siglo II a.C (después). Eso cuando todavía admitimos que anuncian ideas nuevas, porque no pocas veces se anuncia el redescubrimiento de la pólvora y de que si metes la cabeza bajo el agua, no puedes respirar. Piénsese en todos esos cantamañanas que amparándose en, pongamos, internet o el libro electrónico casi que anuncian la llegada del Homo novus, que será sabio, guapo y no olerá mal después de tres días sin ducharse en pleno agosto. Ocurre, seamos sinceros. No obstante, el bando de los clásicos suele estar incluso más desnortado que el moderno. En común, ambos fallan en presentar las ideas y conocimientos de una época como monolíticas y sin desacuerdos, cosa que es ridícula. No hay más que ver que en cualquier época hay materialistas e idealistas, humanistas y nacionalistas, populares y elitistas, ateos y religiosos; y más factores que crean tantas facciones que uno se pierde entre argumentos y diatribas, porque cada grupo tenía, tiene y tendrá de enemigos a otros, charlatanes para ellos. Cuando yo era un chaval, recuerdo que en literatura iba muuucho mejor que en filosofía, y estoy empezando a pensar que era porque en la primera asignatura te presentaban a los autores clásicos en primer lugar (desde el Arcipreste de Hita hasta llegar a la generación del 27), y si bien había movimientos literarios, te los explicaban con calma, mientras que el siglo XX y toda la filosofía eran escuelas detrás de vanguardias, o al revés. Si a otros hombres los árboles no les dejan ver el bosque, a mí las facciones intelectuales no me dejaban ver una disciplina del saber. También fallan en algo, bastante curioso en los modernos: idealizar el pasado. En realidad, es un fallo de perspectiva: la antigüedad de la que hablaban era un período de casi un milenio de duración, que asimismo había ocurrido otro milenio antes. Entre ambos tiempos, se produjeron varias cribas que rechazaron mucha basura. Porque no se crean que en la Atenas clásica sólo existieron Pericles, Sócrates y Arístides. Estaba esa masa que le ponía las cosas difíciles al primero (más a continuación), condenó a muerte al segundo y al tercero al ostracismo. Y muchos de esos se atrevían a producir memeces que en la posteridad no quisieron salvar ni sus descendientes porque el recuerdo del ancestro era, parafraseando a Camilo José Cela, egeo-pelásgico. Es decir, que no todos los antiguos eran iguales. Unos antiguos en concreto, pues sí, es innegable que eran de un ingenio maravilloso. Como algunos modernos, pero con una diferencia: ya están muertos. No lo digo en contra de ellos, sino de sus defensores: los clasicistas se aprovechan de esta circunstancia para desbarrar a gusto. Como bien saben en cualquier grupo que promete consecuencias después de la muerte, los muertos todavía no han vuelto, ni uno de ellos, a rectificar a cualquiera que hable de ellos. Con los modernos también se hace, pero el interesado o bien critica, o bien elogia a sus supuestos defensores y aliados. Por eso mismo mucha gente habla tanto de las tradiciones perdidas: es fácil, cómodo y perfecto para no tener que enfrentarse a nadie. Estos tres errores llevan a conclusiones disparatadas. Por ejemplo, afirmar que los descubrimientos modernos no eran sino algo pequeño al lado de los clásicos. Pues será, pero esto no quita que, por un lado, el conocimiento antiguo no pueda ser complementado, a veces de manera brillante, por el reciente; y por el otro, que el moderno en algún momento no rectifique algo que se tuvo por verdad absoluta durante más de un milenio. Del primer caso, podemos irnos de nuevo con Pericles y lo que le pasó a un maestro suyo, Anaxágoras. Este hombre, un materialista, tuvo la osadía de afirmar en la politeísta Grecia que el Sol y la Luna no eran, como era bien sabido, Febo Apolo y Artemisa, sino una bola en llamas y una roca que reflejaba la luz de la primera, respectivamente. Existe un mito según el cual los paganos eran unos hippies que estaban abiertos a la tolerancia religiosa tal como la entendemos hoy en día, lo cual está algo equivocado. No les importaba mucho reconocer que los pueblos de al lado tienen sus propias montañas sagradas y similares, pero que nadie tocara sus lugares sagrados, y este tío escogió los dos astros más luminosos del firmamento. Los sacerdotes, ¡cómo no!, pidieron a gritos que fuera ejecutado por impiedad, el mismo delito achacado a Sócrates. Tuvo que salvarlo el ya citado alumno suyo, y sacarlo de extranjis de la cárcel y de la poleis, en un caso claro de que a veces ir en contra de la voluntad del pueblo es lo moralmente correcto. Pues piensen ustedes lo que se habría alegrado este hombre de saber que, siglos después, Galileo hubiese visto la superficie de la Luna y hubiese visto que era, en efecto, de roca. Del Sol, baste nombrar el prisma de Newton. Acerca de creencias antiguas rechazadas, podemos volver al libro de Swift. Mi mayor desacuerdo con el párrafo anterior es la idea de que la gravedad y la filosofía natural de Aristóteles equivalen. Más que nada, porque Aristóteles dijo muchas cosas. Por ejemplo, se le ocurrió que, como el hombre al nacer es un ser indefenso, quizás el primer humano fue criado por otro animal. Punto para Aristóteles, que sin darse cuenta conjeturó la evolución natural. También quiso colocar la ética dentro del campo de la biología, adelantando la etología. Otro más. Pero cuando llegamos a los dientes, ya no podemos perdonarlo. Resulta, verán, que Aristóteles tenía ciertas manías respecto a la naturaleza masculina y femenina. Como era común en el mundo griego, creía que lo femenino existía como imperfección de lo masculino, pero de un modo muy peculiar: en los dientes. Los varones, según él, tenían más dientes que las mujeres. El hombre perfecto de Aristóteles, bien mirado, debía de ser algo así como un superhéroe dibujado por Rob! Tampoco podemos dejar de lado el asunto del semen, porque se las trae. Aristóteles desarrolló la idea de que nuestro sexo era determinado por las características de este fluido. Hasta aquí hay que reconocer que su idea fue afortunada y es verdad que el sexo se determina por vía paterna. El problema viene al cómo se figuraba él que ocurría. Por humedad. Verán, para Aristóteles, el aire era bueno por ser activo y dinámico, mientras que el agua (el frío) era mala por ser pasiva (esto se demostró después igualmente incorrecto por la teoría cinética molecular). Por ende, si en el momento de eyacular, el semen era afectado por los vientos del norte, nacía nene seguro; y si era afectado por los del sur, nena seguro, porque son más húmedos. Y después de escribir esto, cenaba tan tranquilo. Lo que yo vengo a criticar es que decir todo esto eran conjeturas es discutible. Los dos primeros razonamientos se basan en hechos observables: cómo son los niños al nacer y que los animales suelen tener ciertos patrones de comportamiento. Lo siguiente fue pura especulación basada en prejuicios, incluyendo lo del semen, porque Aristóteles consideraba el semen como causa eficiente del hombre, ya que la mujer sólo se echaba de espaldas y “pensaba en Atenas”. Lo peor no es que en la era moderna estas ideas resulten risibles, sino que en la misma época “antigua” también lo habrían sido para algunos. De hecho, incluso antes: Anaxágoras llevó a cabo sus observaciones del Sol y la Luna un siglo antes y también empezó a considerar que la manualidad era condición previa de inteligencia, y no al revés (una vez más, Aristóteles). Erastótenes y Arquímedes, el siglo posterior, realizaron asombrosos descubrimientos basándose en observaciones del día a día que jamás pasaron de moda, porque eran hechos objetivos. Que el palo de Erastótenes proyectara una sombra no depende de la filosofía, me parece, ni que el agua de la bañera de Arquímedes se desplazara cuando ahí se metía. De todos modos, no hay que olvidar que alguna vez se ha admitido la existencia de algo sin tener más que conjeturas, aunque fueran muy sólidas. Por poner un ejemplo ya mencionado, el concepto de gen, tal como lo presentó Mendel, era más una formulación matemática basada en sólidas observaciones que un concepto biológico per se, y de hecho Jacques Monod menciona en El azar y la necesidad que para muchos biólogos la idea del fenotipo era una especie de excusa para seguir hablando de algo cuya existencia no había sido demostrada. Va a ser que no, Swift, y de veras lamento que no exista un lugar como Luggnagg para invocarte e indicártelo. Aunque si existiera un lugar así, me parece que no te llamaría, porque hay quien comenta que eras un pelín amargado, aunque ya se sabe que los críticos literarios a veces hablan demasiado (y quién no). Casi mejor que a ti, invocaría a Boccaccio y a Maupassant, y nos iríamos de juerga. *Quenosparióatodos. ** Por cierto, en la edición que leí yo, que compró mi padre hace ya más de cuarenta años, hay un caso de censura amable a lo Bowdler y la llaman Lupata.

domingo, marzo 11

Leyendas del mundillo friqui: Nobita estaba en coma. Shizuka, en la Costa del Sol.



Esta es una famosa leyenda, que se ha salido del mundillo del manganime y ha dado sus pasitos por el mainstream. Ya sabe, resulta que en el último episodio de Doraemon, esa famosa serie de dibujos basada en un tebeo, se descubre que Nobita es en realidad un niño comatoso y Doraemon un peluche suyo. ¡Qué grima, señores míos! ¡Qué grima!

Antes de nada, las verdades por delante: Doraemon no tiene un final, ¡¡¡tiene varios!!!. Todos los tebeos de Japón se publican en revistas, y en varias para el caso de esta historieta En concreto, acabó hasta tres veces en años consecutivos en una publicación llamada Shogaku 4-nensei. Estos finales, como son muy parecidos entre sí, los explicaré bajo el siguiente epígrafe.

1-Doraemon tiene que volver a filas.

Básicamente, en la época de Doraemon algo provoca que los viajeros del tiempo deban volver a su época.

a) En el ejemplar de Shogaku 4-nensei de marzo de 1971, se cuenta que los viajeros del tiempo causaban tales problemas que el gobierno de la época futura acabó prohibiendo el viaje en el tiempo. Doraemon se despide de Nobita.

b) En el de marzo de 1972, Doraemon debe volver por alguna razón no revelada, así que se hace el estropeado (recordemos que es gato-robot) para que Nobita lo deje marchar. Como Nobita lo cree y le promete esperarlo, Doraemon le cuenta la verdad y el chico acepta. Doraemon vuelve al futuro.

c) En el de marzo de 1973, Nobita vuelve a casa después de ser apaleado por Takeshi (alias Gigante o Gian, dependiendo de tu edad). Allí, Doraemon le cuenta que ha de volver al futuro. Nobita queda desolado después de oír esto e intenta convencerlo de que se quede, pero acaba aceptando la realidad después de hablarlo con sus padres y pasean los dos juntos por última vez. Mientras Doraemon hace las maletas, Nobita pelea de nuevo contra Gian. Como no quiere preocupar innecesariamente al gato-robot, lucha con todas sus ganas, hasta el punto de que Gian le concede la victoria por abandono. Doraemon encuentra a Nobita hecho trizas y lo lleva a casa, donde vuelve al futuro mientras el niño duerme.

Esta tercera versión habría sido el final oficial, pues la serie tenía una baja audiencia y el dúo Fujiko Fujio trabajaba en otros proyectos, pero volvieron a la carga al mes siguiente. Aún así, este final fue reimpreso en uno de los tomos y tuvo dos adaptaciones animadas, de lo que las dos primeras versiones carecen. Eso sí, estas últimas adaptaciones son más extensas e incluso tienen una doble lectura.

Aún así, a efectos prácticos es como si no tuviera final. Años después, el dúo Fujio Fujiko se separó, lo que dejó en suspenso una decisión definitiva y finalmente Fujiko F. Fujio, quien continuó el tebeo hasta 1996, falleció. La serie y las películas continuarán hasta que dejen de ser rentables, obviamente.

Vale la pena mencionar que estos finales se intentaron porque se sentía la necesidad de acabar una historia cuyos lectores iban creciendo.

2-Pero entonces, ¿Nobita era autista?

Por tanto, ya volviendo a la leyenda friqui, tanto vale preguntarse por el final de Doraemon como por el de Los pitufos. Aún así, durante mis prácticas de laboratorio llegué a discutirles a varios compañeros la veracidad de esta y en Japón llegó a haber una manifestación de fans enfadados. ¿Por qué se hizo famosa? ¿Por qué con Doraemon? Dejando a un lado la obviedad de que es muy conocida, no me chocaría que su origen nipón fuera la mayor razón de que le haya tocado llevar la cruz de la fantasía comatosa. Primero, todo el mundo puede alegar que el capítulo se estrenó en Japón pero que fue prohibido, del mismo modo que ocurriera con el episodio de Pokémon, caso comentado en la anterior entrega de esta serie. Segundo, todo el mundo sabe que los japoneses son capaces de hacer cracks como Akira o Urotsukidoji. ¿Que Doraemon resultó ser el sueño de un niño moribundo? Bastante más digerible que la superpolla que aparece en la segunda obra.


¡QUÉ TRANCA, TRON! (véase el artículo viruetil para más información)

Lo realmente curioso viene ahora: este final existe. Sólo que es de otra serie, de St. Elsewhere, una teleserie hospitalaria de origen americano emitida durante los ochenta. Una de las razones por la cual esta serie es tremendamente conocida, especialmente fuera de los Estados Unidos, es por su último capítulo (¡¡Ahora sí!!). En este, el escenario cambia del susodicho hospital a un edificio de apartamentos. En este, hablan uno de los doctores de la serie, en ese capítulo obrero, y su padre, un personaje ajeno a la serie. El primero le comenta al segundo que su hijo, presente en la misma habitación, es un autista cuya única actividad es contemplar un juguete: una bola de nieve que incluye una maqueta idéntica al edificio del hospital de la serie “per se”. Perturbador.

¿Cuál era la intención de los guionistas? ¿Epatar? ¿Echarse unas risas? ¿Vengarse por la cancelación? ¿Hablar de que la realidad es en verdad un sueño? ¿Criticar que la ficción sin mesura puede llevar a una fantasía que aísla al espectador? En verdad, no lo sé y aunque es hasta interesante, debo continuar con esta entrada. Sólo diré que el niño, llamado Tommy, es el supuesto “creador” de gran parte de la ficción norteamericana por los crossovers entre la teleserie donde apareció y otras, representado en una tabla que debe de circular por la red.

Sea como sea, este final es idéntico al pretendido para Doraemon. De todos modos, no me gustaría dejar de lado OTROS supuestos finales que no son tan populares pero existen.

3-Doraemon se quedó sin pilas.

Este final supone que, en algún momento dado (¡Cómo no!), Doaemon se descarga y deja de funcionar (recordemos que es un robot). Extrañado, Nobita consulta a la gente del futuro y descubre que la única manera de recuperar a Doraemon consiste en cambiarle la batería, pero es imposible en el caso de Doraemon porque no tiene orejas (Recordemos que se las comieron unos ratones, ¡qué barbaridad!). Entristecido, Nobita acepta la pérdida y se vuelve estudioso y trabajador. Con el tiempo, llega a ser un genio en robótica que repara a Doraemon. Todos viven felices y comen dorayakis.

Este final fue creado como fanfiction por un tal Nobuo Sato, y después fue publicado como un exitoso dōjinshi por un artista bajo el pseudónimo “Tajima T Yasue”, pero fue demandado por Shogakukan, tuvo que disculparse y pagar para hacer las paces.

4-La vida duele, la muerte no.

Este es un dramón: Nobita cae aparatosamente y queda en coma (¡Hum…!). Su estado es grave y la única cura es una operación tan costosa, que Doraemon se ve obligado a vender todos sus inventos menos uno. No obstante, la operación fracasa. Dolido, pero firme, Doraemon le cede a Nobita el anterior invento para que el criajo pueda ir adonde quiera una última vez antes de que la Parca corte su hilo. Nobita pide ir al Cielo. ¡Joder! Esto SÍ da grima.


Los de la Frikipedia también han propuesto su propia conclusión para el enorme trabajo artístico, filosófico y ético que es Doraemon. No obstante, a Japón no le ha interesado.

Sólo la fascinación del personal por las historias que acaban en “Todo era un sueño” explica que ninguno de estos otros finales, ciertos o falsos, sea más conocido. Aún así, no hay lugar para la discusión: no sólo no acaba Doraemon así, sino que han copiado el final de otra serie, ¡y hay más finales legendarios! Ante esta situación, yo sólo puedo citar el lema de Los inmortales: “Sólo puede quedar uno”.

Fuentes:
Doraemon (manga), Wikipedia
Enciclopedia de Doraemon

martes, marzo 6

Leyendas del mundillo friqui: El episodio de Pokémon que alucinó a muchos niños.

Esta será la última sobre Pokémon, de verdad. Hace unos años, un extraño titular llenaba los medios de comunicación occidentales: ¡¡Setecientos niños habían sufrido ataques epilépticos mientras veían Pokémon!! ¡Terrible! ¡Horrible! ¿Qué habrá sido de esos niños? En serio, ¿qué ha pasado con ellos?

Pues miren, la respuesta es fácil: algunos fueron diagnosticados de epilepsia, pero muy poquitos. Sí es cierto que en 1997 casi 700 niños que estuvieron viendo un episodio de esa serie fueron hospitalizados con síntomas tales como mareos, picor de ojos y similares. Como también lo es que al día siguiente de aparecer la noticia, miles de niños acudieron a hospitales. Asimismo, pocos de los primeros pacientes resultaron siendo diagnosticados de epilepsia fotosensible.

¿Qué pasó en el caso del episodio de Pokémon? Bien, el episodio Dennō Senshi Porygon fue emitido el 16 de diciembre de 1997 en TV Tokyo. Durante la emisión del episodio, había varias escenas en las que la pantalla mostraba flashes que alternaban a rápida velocidad los colores rojo y azul. Como todo el que sienta cierta pasión por las obras audiovisuales sabe, los flashes de alta frecuencia cansan la vista, provocan mareos y, si se es susceptible, pueden provocar un ataque epiléptico. Se supone que una de estas tres posibilidades fue lo que les ocurrió a los casi setecientos niños que acudieron a urgencias aquel mismo día, tales como un chico de catorce años que cayó inconsciente. Sólo una minoría de estos chicos fueron diagnosticados de epilepsia, mientras que el resto es una mezcla entre diversos factores, como que los televisores japoneses suelen ser demasiado brillantes para el tamaño de los hogares, que la combinación de azul y rojo acentúa la posibilidad de afectar el nervio óptico y que el estrés fue parte del detonante.

Y ahora, ¿por qué, a la mañana siguiente del suceso, doce mil niños aseguraron estar enfermos? ¿Se marearon en diferido, como en Canarias? ¡Doce mil! La explicación oficial es histeria colectiva, esto es, la gente se escandalizó hasta el punto de creer que ellos mismos también estaban afectados. Ya se sabe que el terror aumenta el peligro hasta límites insospechados. El pánico moral suele aumentar cuando hay niños por medio, como Helen Lovejoy nos demuestra en la gran serie Los Simpson.



Por supuesto, en la actualidad los mayores voceros del pánico moral son los grandes medios de comunicación, capaces de publicar que el presidente de un país come sesos de niños huérfanos con tal de vender periódicos. Justo a la mañana siguiente del suceso, varios informativos comentaron el extraño suceso. Considérense los siguientes hechos: una serie conocida, la primera hora de la mañana, durante la cual las familias japonesas están sentadas delante del televisor, y el boca a boca. Al final, nada que ver con la historia original.


Pikachu intentó aclarar la verdad del asunto, pero no tuvo mucho éxito.

Por otro lado, una parte del asunto resulta, como mínimo, extraña. Flashes similares a los empleados en el infame episodio se han usado ya en varias series, tales como Sailor Moon, sin que fenómenos a la misma escala de este episodio hayan sido registrados. De ahí que algunos escépticos comenten que fue, mayormente, un episodio de histeria colectiva, basándose que una investigación posterior arrojaba un porcentaje de afectados similar al de personas afectas de epilepsia fotosensible.

Las consecuencias del asunto sí son claras: prohibición ad perpetuum del episodio, tanto en su tierra natal como en el extranjero, discusiones absurdas sobre toda la animación japonesa, una retirada de cuatro meses para la serie, negación del principal acontecimiento por parte de enteradillos, normas para los futuros dibujos animados, bajada de las acciones de los videojuegos y cachondeo por parte de parodiadores profesionales, como Trey Parker y Matt Stone.

Por tanto, el asunto es una leyenda de diccionario: un hecho real, pero exagerado lo suficiente.

Fuentes:
Dennō Senshi Porygon
Pokémon Panic

lunes, enero 9

Cuando los juegos no son juegos, sino ludopoemas.

Esta entrada es entre una respuesta y una continuación de esta de Imperator, donde explicaba muy bien uno de los peores problemas de los videojuegos desde la época de los gráficos tridimensionales: la manía de ponerse a contar una película en vez de ofrecer unas buenas partidas.

El caso es que quiero extender lo que él dice aquí a los juegos independientes, indies para denotar que se es modelno. Los juegos independientes se llaman así porque son creaciones de programadores no vinculados a las grandes compañías. Por lo general, estos programadores aprovechan su alejamiento de los ruedos comerciales para hacer juegos basados en conceptos infrecuentes, a menudo inclasificables en géneros habituales.

Como cualquier actividad de carácter artesanal, varios de ellos desarrollan juegos experimentales, hasta el punto de empezar a ser algo distinto a un juego. Dos buenos ejemplos que he encontrado recientemente son obras del mismo individuo, Daniel Benmergui, a quien no tengo el honor de conocer personalmente. Concretamente, son I Wish I Were the Moon y Today I Die. Jugad, son muy cortos. Demasiado, de hecho.

Yo creo que no tardé ni una hora con ambos juegos antes de sacar todos los finales (nótese que no tienen instrucciones y que ni falta les hacen). ¿Los he vuelto a rejugar? Sí, para saber cuánto tardaba en hacerlos de un tirón. Ni dos minutos, ¡madre mía!

Nadie niega que este hombre, y otros como él, tengan mucha imaginación. Pero mi pregunta es, ¿no sería emocionante jugar un Today I Die que prometa, pongamos, trescientas horas de juego con diversos recorridos? Pero eso requeriría mucho trabajo. Precisamente, la cantidad de trabajo que suele realizarse en una compañía grande, a las cuales no les gusta arriesgarse, a no ser que puedan vender un juego así con el tirón de personajes ya establecidos (por ejemplo, Mario y Sonic). Y entonces, el juego pierde todo su sentido, porque habría de ajustarse a los propios universos de ficción de estos personajes.

Y he aquí la dicotomía: o juegos que están pensados para triunfar y, por tanto, creados para el gran público o juegos experimentales pensados para jugones que ya tienen más que vistos los géneros tradicionales. No debería ser un problema, muchos géneros ahora normales, como las plataformas, empezaron con juegos experimentales. Sin embargo, hoy se valora más el espectáculo que nada. Habrá un punto en que cueste distinguir entre un videojuego y una creación de Paul Robertson.







viernes, octubre 28

One Piece, espejo y tesoro del anarcocapitalismo.

Por Liberto de Dios

Mientras mi hijo contemplaba la oferta televisiva de Boing (propiedad de TeleCinco, compañía privada), siempre más óptima que la de Clan, vi una extraña serie. Esta serie se llamaba ONE PIECE (no la escribo con mayúsculas porque sea gilipollas, sino porque en la propia serie pronuncian el título como si gritaran), y me sentí asombrado cuando oí el siguiente diálogo (no es exacto, pero el sentido se conserva):

-¡Alto ahí!-esto lo grita un sujeto con aspecto de delincuente peligroso, digo de funcionario-Para desembarcar en NUESTRA COSTA, se debe pagar un IMPUESTO.
-¿Ein? ¿Qué es un impuesto?-pregunta un chaval que parecía ya vestido para pasar el día tranquilamente en la playa.
-Pues es UN DINERO QUE HAS DE PAGAR, QUIERAS O NO-le contesta una chavala pelirroja.

¡Qué sorpresa me llevé! Nunca, pensé emocionado, había oído en una obra una denuncia más clara del carácter básicamente depredador del estado. ¡Y pensar que eran dibujos animados! Entonces, decidí consultar con mi socio esporádico no beneficiario (en palabras vulgares, amigo) Ozanúnest, propietario de este blog (un medio, como TeleCinco, privado, aunque esté publicado en un servicio gratuito). Desde que lo conocí, sé que Oza (para abreviar, ¡porque vaya pseudónimo, hijo mío en un sentido no legal!) ha sentido bastante debilidad por los dibujos animados, y además sé que tiene cierto conocimiento tangencial de otros sectores artísticos infrarrepresentados por las agencias de información parcialmente parasitadas y parasitarias de los cómplices del holocausto ministerial.

Como Oza siempre sugiere cuando queda con alguien, fuimos a un bar famoso por sus tapas de jamón. Después de sentarse en la mesa, cruzar las piernas sobre la misma y apoyar el codo izquierdo sobre el muslo del mismo lado, Oza se quedó mirándome con interés, y habló así:

-Bueno, decías que querías información que sólo yo puedo darte. Te advierto que ya no me dedico a las apuestas de gamusinos, que es un negocio muy sufrido.
Le expliqué brevemente el tema, y su rostro se iluminó por la sorpresa y la conmoción.
-¡Coño, eso va a ser One Piece! Esa escena, uno que va con un sombrero de paja, una tía pelirroja… Créeme, es lo más fácil que me han preguntado en la vida, excepto lo que aquel afeminado me preguntó en aquel pub. ¡Joder, qué pedo llevaba el muy cabrón!-se ríe, y echa un buen trago a mi salud, pues pago.

Yo le expliqué que tenía ganas de conocer todos los detalles de la historia. Ahí dejó de reírse y me miró muy serio.

-Pues empiezo ya, porque son cincuenta tomos y aún queda la mitad, ¡manda huevos la cosa! Bueno, empiezo por el origen.

Como resulta que es realmente muy largo, sólo comentaré que One Piece se basa en el tebeo (o el manga si, como dice Oza, “eres así de otaku”) de Eiichirō Oda, publicado en la revista Shōnen Jump desde el 4 de agosto de 1997. Dentro del justo sistema de libre competencia japonés, basado en que si los lectores votan poco por tu serie, te vas a la calle. Oda no sólo consiguió el éxito, sino una adaptación animada, lo que es costumbre en ese territorio fuertemente empresarial si tienes mucho éxito. A partir de ahí, continuó ascendiendo. Según Oza, este dibujante gana la respetable cantidad de veinte millones de euros, dos terceras partes por derechos de autor (tebeo, serie, juegos…) y una tercera por derechos sobre los personajes (figuritas, etc). ¡Qué modelo a seguir!

¿En qué se basa este triunfo? ¡En los valores agoristas! Estos son representados por el protagonista, Monkey D. Luffy. Este chico, según Oza, forma parte del tipo de personaje llamado "plástico", un poder consistente en ser elástico. Estos personajes fascinan al público porque pueden adoptar cualquier forma y saltar cualquier barrera.

-¡Incluyendo las barreras fiscales!-exclamé.
-¡En efecto, en efecto!-dijo Oza, acabando con otro plato de jamón, alternando magistralmente la ingesta de alimento con la narración de las gestas de este joven. ¡Ah, lengua, máxima expresión de sabiduría popular!



Luffy, evadiendo al fisco.

Luffy no nació con este poder, me advierte Oza. Se volvió elástico cuando conoció al que sería su ídolo, el pirata Shanks, hecho que lo inspiraría para llegar a ser el Rey de los Piratas.

-¡Ah!-exclamé nervioso-¿Pero es un pirata?-esto podía ser contrario a la doctrina de la no agresión.

Pero Oza me tranquilizó. Aunque Luffy y sus amigos sean piratas, en realidad sólo se han dedicado a navegar por el mar en un barco, regalo del amigo de uno de sus tripulantes que ahora pertenece a toda la tripulación. La violencia siempre viene por parte de otros.

-¿De otros piratas?
-Y de la marina de ese mundo de fantasía, que también se las trae.

¡Ahí ya me siento emocionado! Empieza a explicarme que, hasta donde se sepa, ninguno de los piratas considerados buenos ha usado la expoliación de otros, a no ser que estos otros hayan aceptado esto como la libre competencia. Sin embargo, los malos piratas y el gobierno, prácticamente por sistema, usan la agresión y expolian al primero que pasa.

Así, Luffy es el empresario puro: ese que, por querer ser libre y buscarse la vida por su propia cuenta, acaba siendo perseguido por el totalitarismo. Su pureza se ilustra en el hecho fundamental de que no sabe qué es un impuesto. ¡Envidiable inocencia!

El resto de la banda de Luffy también se caracteriza por la ambición: todos tienen algún sueño personal que varias circunstancias, siempre opresoras, siempre obstaculizan. Eso ocurre hasta que Luffy llega y castiga al opresor, proponiendo siempre al nuevo miembro unirse a él bajo un contrato verbal no formalizado. ¿Hay alguna otra forma más pura de agorismo?

Un ejemplo de cómo se ilustran correctamente los principios austríacos es el siguiente: resulta que la chica pelirroja, Nami, había pertenecido anteriormente a otra banda de piratas. Pero resulta que estos otros piratas expoliaban cruelmente su pueblo, con el silencio cómplice de la siniestra garra estatal de ese mundo, cuyo funcionario local cobraba un soborno. ¡Ah, Babilonia, la más vieja de las meretrices, que corrompes a otros en tus artes!



El jefe de la susodicha banda es una especie de pescadilla mutante, lo que nos recuerda inevitablemente al nefasto Leviatán, de Thomas Hobbes. El estado, tomándola con una pobre chiquilla.

El caso es que la chica entró a formar parte de la banda obligatoriamente, sin que sus derechos en tanto que humana naturalmente nacida fueran respetados. Pero tan pronto como el protagonista la vio, le propuso ser de su banda. La muchachuela se lo tomó a broma, pero luego se sintió ilusionada… hasta que recordó sus cadenas.



¡Y qué bien nacida!

Cuando Luffy oye la historia, su honor como empresario que viaja libremente por el mar sin pagar impuestos se siente ofendido ante el atropello de los derechos más fundamentales de esta joven trabajadora, que simplemente ambiciona hacer un mapa de todo el mundo (al parecer, esta hazaña sigue pendiente en este singular cosmos). Por supuesto, los rufianes que esclavizan a esta chica explotan su talento sin remunerarla como es debido. Finalmente, en un momento muy épico, Luffy acaba con el Leviatán y le grita a Nami “que tú te vienes conmigo”. La chica, con un simple asentimiento, acepta.

Esto demuestra la necedad de quienes dicen que, de no intervenir el estado en esta clase de conflictos, la muchacha pelirroja habría acabado en manos del más fuerte como un vulgar saco de patatas. De hecho, esta acción tan libertaria es el comienzo para Luffy de la persecución gubernamental. ¡Ah, la libertad!

Curiosamente, esta ética también es llevada a cabo en el sentido contrario: si bien Luffy y sus socios en la navegación libertaria rompen cadenas allá por donde pasan, también a veces parecen optar por lo contrario. Resulta que Shanks, el ídolo de Luffy, dejó que un energúmeno lo apaleara en una taberna (libertaria, pues no siguen los dictámenes gubernamentales de no relacionarse con piratas). Luffy lo puso de tonto y de cosas peores, pero el golpeado simplemente se rió. Más adelante, cuando este mismo energúmeno amenaza a Luffy, aún un chiquillo indefenso, el tal Shanks apalea al tipejo y a su cohorte de mamarrachos. El episodio impresionó tanto a Luffy, que él mismo se deja apalear más adelante. ¿Por qué hace tal? Muy fácil: por la libertad. Tanto Shanks como Luffy rechazaron el uso de la violencia porque en tales momentos no les apetecía, simplemente. ¿Acaso puede parecer contradictorio? No, porque ambos están dotados de resistencia sobrehumana y dos o tres mobiliarios destrozados contra sus cuerpos es poca cosa. Se pueden permitir ese lujo. Lo que jamás podrá permitirse es el lujo de romper sus espíritus.



Esto también ridiculiza a quienes dicen que la ausencia de policía nos llevaría al oeste, ¡ja! ¡Nos llevará a la filosofía de la otra mejilla, la filosofía de la libertad!

Pero donde se expone con grandes letras la competencia libre es en un número de episodios, que según Oza se llaman colectivamente como el arco de la banda Baroque. En este, los Sombrero de paja® ayudan a una princesa, llamada Nefertari Vivi, a recuperar su reino, un desierto llamado Alabasta. ¿Contradictorio con el espíritu de la serie? ¡En absoluto! Resulta que la princesa se metió en la mencionada banda cuando descubrió que son los responsables de una malvada conspiración que se cebó con el buen nombre de su padre. Ella entendió que esto iba en contra del principio de agresión y en vez de pedir ayuda al corrupto gobierno mundial, decidió luchar en el mismo terreno para recuperar su reino. ¿Qué diferencia a esto de la heredera de una empresa que lucha por mantenerla a flote? ¡Nada!



¡Ya podría aprender muchos aspirantes a coronas europeas!

Además, los Sombreros de paja® la ayudan a cambio de un intercambio económico, ¡faltaría más! Por si fuera poco, hay otro buen motivo para ayudar a esta princesa: el líder de la banda es un corsario, esto es, un pirata que trabaja a sueldo del corrupto gobierno para combatir a otros piratas, a cambio de entregar un cierto porcentaje de sus beneficios. “¡Un traidor entre nosotros!”, piensa Luffy, airado, y decide acabar con ese tipejo.



¡Esquirol!

Durante el largo periplo de la princesa, esta acaba llegando a un reino donde la seguridad social llegó a ser autoritaria hasta el punto de que el rey de aquellas tierras acabó por quedarse a todos los médicos para su uso personal, prohibiendo terminantemente que cualquier otro galeno trabajara por libre. La primera de las agoristas se escandaliza terriblemente ante este crimen criptosocialista. No obstante, llegada a su reino, la misma joven se entera de que el “bendido” (o “vandido”) de su rival se hace el héroe y rebela a las masas contra su padre. De pronto, la acomete el sincero deseo de evitar que la gente muera manipulada y decide intentar detener a los rebeldes, cosa que mosquea tanto a Luffy que ambos se enfrentan físicamente. Ante la pregunta de ella de si es malo no querer que muera la gente, él le responde firmemente que la muerte es parte de la vida. Ella descarga su rabia contra él, y cuando se tranquiliza, él simplemente le dice que ella debe hacer lo que pueda por recuperar lo suyo, que para eso ya la ayudará, pero que no servirá de nada detener a los rebeldes. ¡Pues claro que no! Ella llora cuando se da cuenta de la revelación. Se puede ser humanitaria, pero se empieza salvando a los demás sin su aprobación y se acaba expoliando la medicina. Tanto derecho tienen los rebeldes como ella de hacerse con el control de Alabasta, S.C.U.



¡La tierra para el que la trabaja!

Al final, cuando Vivi recupera la empresa familiar, Luffy le ofrece un puesto en la banda, pero ella declina cortésmente porque prefiere seguir con la tradición familiar. Ya se sabe que las mujeres son menos arriesgadas para los negocios y para cualquier cosa en la vida. Ni que decir tiene que el perverso estado mundial se adjudica el mérito de la captura del corsario y decide aumentar la recompensa por Luffy y sus socios por pura y dura envidia, ¡con dos narices!

En resumen, si es usted un campeón de la libertad, eduque a sus hijos con esta serie. Al menos, le saldrá más barato que a mí. Muchas gracias a Ozanúnest por dejarme usar el blog.

P.D de Ozanúnest: No hay de qué, majo. Para la próxima, me apetece irme de cañas.

viernes, agosto 5

Patrones artísticos.

Unos aficionados americanos de Pokémon han realizado un tráiler ficticio en imagen real y lo han colgado en You Tube.



Todo hay que decirlo, da bastante bien el pego. Tanto que, como ocurriera con la malograda Dragon Ball Evolution, ya ha habido quien se ha quejado. En el hilo de comentarios se puede ver cómo otros seguidores de la serie han criticado a los protestones, acusándolos de ser “fanboys”. No negaré que mis simpatías están por los últimos.

Sin embargo, sigue enervándome ver cómo en la animación no se quiere ver más allá de lo que vio uno de pequeño o aquellas obras recién estrenadas en cine. Es raro curiosear dentro del mundillo, y más por obras que no vienen de Norteamérica o Japón.

Del mismo modo que en la literatura, el cine y el resto de artes se define el concepto de clásico, en la animación también existen obras que han marcado un hito altísimo difícil de igualar. Por ejemplo, La mano de Jiří Trnka.





Sublime.

lunes, julio 18

Moralistas.

Esta noticia tiene ya cierto tiempo:

Bob Esponja, ¡muy violento!

¡JESÚS! Estamos aviados si les parece muy violento. No sé qué dirán de cualquier otra cosa. De tanto en tanto, suele aparecer alguna organización, habitualmente compuesta por gente que se ha reproducido, para quejarse de que las obras de ficción atentan indudablemente contra la inocencia de sus indefensos retoños, y que deben ser retiradas.

Como aficionado a ciertos géneros de dudoso buen gusto, como los videojuegos de terror, siempre me ha llamado la atención la actitud de estos individuos. ¿Piensan EN SERIO que borrar la violencia de la ficción equivale a borrarla en la realidad? Una de las cosas mejores del colegio religioso donde estudié es que no estaba demasiado tocado por las ñoñerías pedagógico-políticas que empezaron a germinar por entonces, cerca de los noventa, muy a pesar de que algunas madres le insistieran a algunos profesores que aprender a dividir en cuarto era demasiado. Así, nos contaban historias, religiosas o seculares, valiosas por su moral y sin importar si estas pudieran resultar algo macabras o contuvieran detalles siniestros. Asimismo, solían recordarnos que en el mundo abunda la miseria.

No es que lo siniestro haga a una obra madura per se (tengo que decir al respecto, un día de estos), pero algunos efectos de esta manipulación benévola ya están teniendo efecto. Hace algún tiempo, leí una carta en un periódico escrita por un chico de trece años que aseguraba haber vivido los doce anteriores creyendo que todos los críos del mundo vivían como él: en una casa bien segura, bien alimentados y leyendo a Harry Potter. Comentaba que para él era desolador haber descubierto la verdad.

A mí, debo confesarlo, me cuesta creerlo. ¿Cómo pudo vivir hasta entonces sin darse cuenta de ello? Claro que mi experiencia está sujeta a mi punto de vista: yo me crié en un barrio lindante a unas chabolas, estudié en ese colegio religioso donde día sí y día también estaban con el tema de la caridad, y los informativos de aquella época aún no emitían anuncios pero sí hablaban de la pobreza, el hambre y la guerra de los Balcanes.

También está la ficción. Aunque la critiquen, la violencia y otros motivos desagradables de la actualidad poco son comparada con la de algunos cuentos tradicionales, donde niños asesinaban brujas, fieras devoraban abuelas y pobres víctimas acababan mutiladas.

Lo más chocante es cuando un moralista llega, en su impulso por evitar lo malo, llega a algo peor. Un ejemplo que se me viene a la cabeza es el de un videojuego, Final Fight. Este juego era un beat’em up, que en castizo podría verterse como “A hostias contra todo lo que se menee”. En el susodicho, los protagonistas se pelaban contra todos los miembros de una mafia por el secuestro de una moza, hija de un protagonista y novia de otro (acababan los ochenta). Durante el transcurso del rescate, salían a escena para recibir punkies de ambos sexos, heavies, un rastafari, gigantones y hasta un tío en silla de ruedas que recuerda a Chiquito de la Calzada.

¡ALTO!

¿Dije punkies de AMBOS sexos?


Sí.

Pues eso es inaceptable. Cuando comercializaron la versión americana de la adaptación de Super NES, se objetó que los jugadores les sacudieran a personajes femeninos, a lo que los japoneses contestaron rápidamente alegando que Poison era un transexual (o transgénero, he leído ambos términos). En la versión americana no quedaron muy convencidos, así que masculinizaron los sprites. Quede, no obstante, la parida de Capcom para el recuerdo: es más aceptable partirle la cara a un transexual que a una mujer. Y claro, un transexual no es una mujer realmente. Yo estoy de broma, pero da que pensar.

Un caso bien conocido es la remasterización de la primera de las películas de La guerra de las galaxias: que no puede ser Han Solo un mercenario cuyo pellejo es el que más valora, y tampoco cargarse al esbirro de Jabba que lo está apuntando con una pistola. Hay que darle la excusa al héroe de que el otro, aparte de posiblemente malvado, es gilipollas disparando primero y FALLANDO A MENOS DE UN METRO.



Otro, que fue anunciado a bombo y platillo hará cosa de un año, fue el de la asociación de psicólogos americanos, muy preocupados por el mal ejemplo que, según ellos, daban las adaptaciones cinematográficas de superhéroes, que eran muy malotes y/o muy chuletas. Que se había perdido el candor que en otros tiempos (mejores, ¡claro!) tenían Superman y Spiderman, por ejemplo. Risible a todas luces, porque estos superhéroes pudieron tener épocas controvertidas (como casi todos los superhéroes, huelga decir, por la longitud de las series). Léase la primera historieta de Superman como ejemplo de lo que quiero decir.

Dejo de listar ejemplos, porque esta entrada puede hacerse farragosa. Lo que caracteriza a un moralista es su negativa a aceptar lo que no le gusta. No critica que un detalle desagradable de una obra de ficción sea frivolizado, simplificado u objeto de burla, critica que se hable de este. Los moralistas no discuten si la realidad está bien o mal representada, si se trata de un retrato fiel o inexacto, mandan callar. Sólo se preocupan de mantener las apariencias.

Eso sí, no sé si es que confunden la realidad con la apariencia o son sólo cínicos.

viernes, julio 1

Música divertida.

Antes que nada, mi ausencia se ha debido a que un período de inactividad puede afectarme incluso tiempo después de haber estado ausente por obligaciones. Ha coincidido el fin del curso de Formador Ocupacional, que ha me ha exigido prepararme rápido sesiones en temas que no domino perfectamente, con la vuelta a mi piso, de donde fui desalojado, la cual ha sido larga por la cantidad de posesiones y porque tengo que deshacerme de algunas. También La montaña mágica ha tenido su parte. Tengo que hablar de algunas de las desdichas habidas en el curso, pero ya habrá ocasión.

Así que, para coger ritmo, voy a subir una entrada sencillita, sobre música. Vaya por delante que nunca me he identificado en ninguna tribu urbana por gustos musicales. De hecho, siempre me llamó la atención que la identificación por tipo de música estuviera más extendida que la que se puede dar entre lectores de cómic según la nacionalidad del autor o entre jugones según la compañía de la consola. No obstante, me gusta la música cómica.

Así pues, sin mayores preámbulos, una selección de canciones jocosas por diversos motivos.

La guapa y los ninjas



Fascinante canción rodada con cortos de una película sinojaponesa de bajo presupuesto (o de varias, lamento no ser un experto como Absence). Nótese cómo la guapa aparece sólo en una de las escenas, siendo el resto del montaje una curiosa advertencia contra las garras de los ninjas. Eso sí, lo de “honrados políticos” causa más bien estupor que risa.

El Internet



Encantador descubrimiento. No sé si es la profundidad de su letra, la cadencia de la sugerente danza, el ritmo imparable o las caretas de los bailarines (¿Quizás también cantantes?) lo que me ha enamorado del videoclip.

La fiesta medieval



Porque una guerra de muslos de pollo es muy tentadora. Casi tanto como las camareras pechugonas.

Internet is for the pr0n



Un clásico dentro del género.

I Just Had Sex



Brillante oda dedicada a todos aquellos que acaben de tener un orgasmo. El mismo grupo es responsable de otras canciones de tono similar.

Cualquiera de Venetian Princess



Parodiadora de los grandes cantantes comerciales.

Cualquiera de las dos series de Matt Groening



En cierto sentido, me iniciaron en esta afición.

Cualquiera de Trey Parker y Matt Stone



Porque aprendieron y superaron a las anteriores.

Algunas de Sayonara Zetsubou Sensei



Esta serie viene a ser una versión japonesa de Padre de familia. Por ello, alude a cosas bastante más desconocidas que las parodiadas por Seth McFarlane.

La letra, por cierto, dice lo siguiente (traducido del francés):
Un círculo ha aparecido, aparecido
Un círculo ha aparecido
Un círculo de la talla de mi hermano ha aparecido
Estaba demasiado bajo
Entonces todos se enfadaron conmigo (¡Ah! ¡Está bien! ¡Está bien!)

Un círculo ha aparecido, aparecido
Un círculo ha aparecido
Como un concierto de Haro Pro
Un círculo ha aparecido
Estaba demasiado alto
Como resultado, incluso aunque estoy hundido,
Estoy harto de esto (¡Ah! ¡Está bien! ¡Está bien!)


(Al final, lo que se lee en el móvil es que la canción no sirve para nivelar, que es como la presentan al principio)

Bobobo



¡ZANAHORIÓN!

lunes, mayo 9

Penates generacionales.

Recientemente, en You Tube he visto una tendencia, que ilustraré en estos dos enlaces. Lo importante no son los vídeos, sino las barritas de “Me gusta – No me gusta”.

En ambos casos gana “Me gusta” abrumadoramente. Sin embargo, vean estos comentarios:

80 ppl got their ass whoped by luffy
pokewolfpuphace 18 horas 4

38 cretinos no tuvieron infancia.
gonthalionhace 1 mes 4


Y si ustedes buscan, encontrarán más comentarios en la misma onda, siempre que exista la posibilidad de una legión de fans. Una legión a la que no le basta con haber encontrado algo que los divierte, ni que sean muchos, sino que además no puede soportar la disensión. Aunque sean cuatro gatos.

Hasta aquí, extraemos la famosa conclusión de que los fans son unos pesados. Pero yo quiero llegar más allá, ¡diablos! He de decir que esto me divierte un poco. Porque demuestra algo claro: que un fan sigue siendo un pesado, tenga 15, 30 ó 50 años.

Pensarán ustedes que estoy diciendo una perogrullada, pero elaboraré por qué me divierte. Yo soy un seguidor irredento de la animación, esto es, de los dibujos animados y técnicas relacionadas como el stop-motion. Y cuando digo dibujos animados, me refiero a todos: los primeros cortos de la Warner, la primera serie de Félix el Gato, las películas de Disney, las comedias modernas americanas, las series japonesas, las adaptaciones de tebeos franco-belgas, los intentos españoles y hasta las creaciones de un autor checoslovaco que conocí el año pasado. Obviamente, tengo mis criterios de afinidad y filtros de calidad. Simplemente dejo constancia de que no tengo prejuicios, de que no vivo en el gueto de animación de mi generación.

Por eso, siempre he visto con asombro esa manía de discriminar una serie por motivos tan triviales como que no esté basada en un tebeo japonés o que no se hiciera durante la infancia de alguien. Y claro, más pasmo me causan las luchas que entre estos guetos se dan, lo que me hace sentir como, permítanme que me ponga shakespeariano, si navegara entre Escila y Caribdis. Se ha dado la circunstancia de que entre los otakus, gueto ya bastante endogámico por sí, hay guerritas entre colectivos de fans de series populares. Sin embargo, mientras que estoy dispuesto a perdonar a los anteriores por su edad, no es así cuando veo a los pseudonostálgicos, esos melindrosos que no pueden vivir tranquilos sin manifestar su desprecio por cualquier animador posterior a que le salieran pelos en el ombligo y muestran poco menos que idolatría a las series de Su Infancia (con mayúsculas, por favor).

Estos fan-toches llegaron a uno de sus puntos álgidos de bochorno cuando se estuvo rodando Dragon Ball: Evolution. Lo cierto es que esta película no la he visto, y es muy probable que me parezca horrorosa en el mejor de los casos, pero mi desdén es amable comparado con la reacción de los mitoplastas, como los llama José Viruete. Peticiones para que no se estrenara, protestas por la red, un montón de tiras en el WEE acerca de lo mala que era… Aquello parecía Los dos minutos de odio, pero en ridículo.

Y claro, me regocija comparar los dos comentarios anteriores porque ambos revelan el mismo grado de cerrilidad. Tanto los unos, que se creen muy especiales por ver lo que en Japón es populachero, como los otros, que han decidido hacer un baluarte mental para refugiarse del hecho inexorable de que todo cambia, y de que sólo queda el recuerdo.

Y el recuerdo sirve para avanzar.

viernes, abril 8

Mitsudomoe. Ejemplo de la disparidad y la evolución de los tabúes.

¡Aviso antes de empezar la lectura! Esta entrada no es segura para el trabajo.



Esta es una serie graciosilla que trata de las desventuras de unas trillizas, basado en el tebeo homónimo de Norio Sakurai.

Los personajes son: Mitsuba, semejante a Cartman en que es una gorda hija de puta que disfruta haciendo daño, aunque en el fondo es buena chica.

En serio, lo es.

Futaba, idiota perdida con una obsesión perenne por las tetas y fuerte como Son Gokû.

Eso sí, su única neurona es altamente funcional.

Y Hitoha, que se parece a Sadako de The Ring y quiere mucho al hámster de la clase. Demasiado. Llega a sentir celos por él.

En serio, no le quitéis el hámster.

Aunque son trillizas, no se parecen en nada. Su relación es un tira y afloja.

Literalmente.

Por otro lado, muestran poco respeto por su profesor.

La vida de profesor es muy perra.

¿Cómo es la serie? Pues es una pregunta curiosa. Por un lado, tiene su gracia y no está mal. Por otro lado, tiene un lado ligeramente… pederasta. En términos técnicos, lolicon.

Muy bien explicado (de la simpar Frikipedia).

Hablaré de eso más adelante. Decía que la idea en sí no es mala, aunque ya está vista: un colegio donde ocurren burradas sin fin, unos alumnos desquiciados, sus padres y profesores que son, francamente, entre medio y totalmente gilipollas. pongamos de ejemplo a algunos secundarios: el guapetón de turno acosado por tres crías insistentes:

Han llevado a la literalidad el dicho español “beber los vientos por alguien”.

Un chaval más feo que Picio que envidia al guapo y desea, como buena tarántula nietzcheana, que sufra porque sí, y que sigue el camino de Quagmire.

Un alumno aventajado.

Una fanática del ocultismo que suele acabar metiendo la gamba por su credulidad.

Directamente, se ha confundido.

El tercer trío en discordia.

Y acaba con otro trío de crías: Sugisaki (centro), que compite con Mitsuba en ser aún más repelente; Yoshioka (derecha), que está obsesa por las historias de amoríos; y Miyashita (izquierda), que tiene el defecto de ser más o menos equilibrada. Piensen en Lisa de Los Simpson: la pobre siempre paga por ser la más racional.

El problema, amigos, es que el tebeo se compone de capítulos cortos de siete páginas. Y han querido imitarlo… del todo. Es decir, en un episodio puedes encontrar cuatro o cinco de estos capítulos, uno tras otro. En la segunda temporada, llamada Mitsudomoe Zôryôchû (Mitsudomoe creciendo), es incluso más escandaloso cuando uno ve que se repiten los capítulos relacionados con San Valentín o las Navidades en episodios distintos. Vamos a ver: si tienes dos o tres capítulos con un tema parecido, ¡que vayan todos juntos! Que en el original apareciera, pongamos por ejemplo, uno de esos capítulos de tema idéntico en el tomo cuatro y el otro en el seis porque convenía entonces no es motivo para que tú lo sigas al pie de la letra. Me parece bien que se tomen las características del original y sus tramas, pero eso no te impide recrearlo a tu manera. Como más de una vez se ha dicho, mucha gente vio las películas de El señor de los anillos sin leer los libros y les han gustado, ¡hey!

No es la primera vez que me encuentro con estas prácticas hechas de un modo algo torpe. Ciertas adaptaciones de los ochenta, digamos, Urusei Yatsura, tenían el acierto de subdividir un capítulo en un máximo de tres subcortos. Así, cuando adaptaban los capítulos originales, podían llegar a añadir más detalles, cambiar el final o directamente acortarlo, y a veces quedaba estupendo. Aquí uno tiene la sensación de ver un pastiche un poco especial, porque todos los pasajes provienen de la misma fuente, pero que da esa misma sensación de estar hecha al tuntún.

Respecto al diseño, se han basado en el original, pero han decido añadirle piños infantiles. A algún otaku le ha parecido horrible, pero a mí me recuerda a Mónica y sus amigos. La animación, la corriente en Japón, así que no hay alardes.

Respecto al tratamiento de personajes, quizás habría agradecido un poco de mayor aprovechamiento. Pongamos un ejemplo antes de que salte alguien con el sambenito de que sólo busca entretener: en South Park, el señor Garrison es un personaje que, como dijo mi padre al ver la primera temporada, está como una puta cabra. Esa misma definición sigue valiéndole, pero la cantidad de disparates en las que se ha visto actuar a este personaje es impresionante. Lo mismo es aplicable a gran parte del reparto: Cartman es un gordo hijo de puta tremendo, mucho más que el epígono femenino que tiene aquí, pero lo ha demostrado de muchas maneras. Stan es un buen chico, pero su ingenuidad lo ha llevado a meterse en muchos berenjenales de cuidado sin darse cuenta.

En realidad, el quid está en la situación: el mismo personaje, con dos o tres características bien definidas, pero en diversas situaciones. Aquí las situaciones son dos o tres que se repiten de diversas maneras.

Y aquí ya recupero lo dicho antes. El lolicon. ¡Oh, sí! ¡El lolicon! Es curioso este fenómeno, más que nada porque en Japón está prohibido representar los genitales incluso en obras pornográficas. No está prohibido dibujar niñas en poses sugerentes, pero sí lo está dibujar una polla adulta. Esta censura llevada al extremó derivó en lo que hoy se denomina hentai con tentáculos, cuyo primer exponente diseccionó con acierto el señor Viruete en este artículo, cuya lectura recomiendo.

No es que yo esté criticando que ver lolicon sea exclusivo de inmorales. Me consta que hay seguidores por lo general respetables, aunque otros sean indefendibles. Pero claro, una cosa es que no me escandalice y otra que me guste.

En el caso de Mitsudomoe, casi todo se centra en bromas alrededor de bragas, sostenes, tetas y las lorzas de la mayor de las trillizas, todo lo cual es reducir los personajes a objetos. Vale, alguno pensará que es aplicable a South Park cambiando bragas por cosas que entran o salen por el culo, pero al menos aprovechaban para hacer crítica social, tirando con mala uva. Aquí, las bragas y todo alrededor de ellas son el decorado y el fondo. No es que llegue directamente al infierno del verdadero lolicon, pues Mitsudomoe es una obra inicialmente pensada para el público juvenil, pero tiene cosas en común.

Por ejemplo.

No deja de llamar la atención de muchos occidentales la facilidad, casi regularidad, con que el dibujante nipón dibuja fanservice. Lo interesante es cómo lo interpretan. Hay quien piensa que es una forma de libertad de expresión, y en parte lleva razón. En su día, sí empezó como algo provocativo, pero el morro de los dibujantes ha hecho que se transforme en algo cotidiano. Hace no mucho, se dio la circunstancia de que se intentó hacer una ley para evitar esta práctica. Yo me lo tomé a pitorreo, tanto porque la censura no me gusta como porque el que los otros invocaran a la libertad de expresión me dio risa. Lo que defienden los últimos es poder rellenar páginas con chicha, que siempre cuela.

Yukito Kishiro, por ejemplo, sí puede decir que luchó por la libertad de expresión. Este autor, para quien no lo sepa, es el responsable de Hyper Dimension Gunnm, bella historia sobre una cyborg que buscaba su pasado y su identidad, y que está acabando de un modo bastante GENIAL! en su continuación Gunnm Last Order. Salen monstruos con pollas gigantes, por ejemplo.


Señores, para que vean que no los engaño.

Bien, en la misma Hyper Dimension, en los bocadillos se pudo leer que algunos de los malos de esta serie eran descritos con el término hakkyô, palabra japonesa que viene a significar “enloquecer”,, y el inglés “psycho”, referentes a enfermedades mentales, tabú en aquellas tierras. Los editores quisieron que cambiara ese bocadillo para una reedición, por considerarlo infame. Esto en una serie donde casi todos son cyborgs, mutantes o ponga-usted-algo-raro que se matan. Pues ahora es intolerable que se llame a un personaje de ficción… “loco”. Kishiro aceptó, pero luego se negó a seguir publicando y pasaron ocho meses hasta que han encontrado una solución.

Otro tanto ocurre cuando en Sayonara Zetsubou Sensei deciden hacer una pequeña pulla acerca de los affaires de la política exterior japonesa. Por ejemplo, con Kim Jong-Il, sólo que no lo nombran. Bueno, se atreven a escribir Kim. ¡Y gracias!



¡Viva la encarnación de nuestra deidad local! (De 8:59 hasta 5:46)

No duden que estos dos ejemplos le pueden parecer más polémicos al japonés típico que las nenas en braguitas. Porque lo último ya es algo habitual, que ha formado un propio género con reglas propias, donde participa cualquiera. Y es que este dato es el que nos ha asombrado a muchos. ¡Norio Sakurai es mujer!

Y no está mal, la jodía.

Pues no, no es un autor gordo y feo. No es la imagen que en Japón se hacen del otaku ob(s)eso con Do Re Mi. Es una joven de 25 años que triunfa con dibujos un poco lolicon, ya nada provocativo, pues, por lo que es algo bien asimilado dentro del manganime. Del mismo modo que, hace unos años, todos los famosos de Los Simpson acabaron haciendo que ver a una celebrity, como dice algún cateto, en dibujos animados fuera muy corriente, aunque alguno pretenda que Padre de familia es rompedora y arriesgada.


De hecho, Donald y Lucas ya hacían eso en sus buenos tiempos.

Aún así, habrá quien defienda esto como ejemplo de atrevimiento y lucha contra lo establecido… Ya, e insultar a los nazis.

* Cortos para el estándar japonés de 18 páginas. Escobar y Vázquez contaban incluso más una sola, a costa del decorado.

* Sí, ya sé que el cuadro Sueño de la mujer del pescador de Hokusai es anterior.

viernes, febrero 4

Legal y gratis.

Durante algunos días, no he hecho más que oír y leer, en periódicos y en la red, acerca de los derechos de autor: prohibir las descargas gratuitas y fomentar las legales, que precisan pago. De hecho, en un informativo de Antena 3 tuvieron el descaro de encuestar a la gente para comprobar si descargaban de los sitios legales.

Si hubiese sido uno de los preguntados, mi respuesta habría sido que también conozco páginas con contenidos gratis subidos por sus propios autores. ¿Qué cara habrían puesto ante esta declaración, que revela que no existe tal dicotomía?

Muchos autores noveles están aprovechando la red para publicar sus obras, e incluso se han formado diversas agrupaciones según la temática. Esto ha motivado que se hable de, por ejemplo, webcómics, debido a la gran cantidad de los mismos en la red. En cuestión de cortos de animación, hace poco he conocido a este autor:

Yellow Cake from Nick Cross on Vimeo.



No obstante, muchas veces se ha comentado que la ausencia de filtros de calidad en la red ha hecho que cualquiera se crea un gran autor, y se ha llegado a sobrevalorar copias mediocres de trabajos profesionales debido a nichos de adictos, que sólo quieren más de lo mismo. No hay que confundir que todos son así, porque también hay profesionales con años de experiencia dentro de la industria que han decidido hacer lo mismo. Un ejemplo es Warren Ellis, que publica el webcómic Freak Angels desde hace algún tiempo. Otro son Trey Parker y Matt Stone, que han subido todos los capítulos de South Park. ¡Y sin cobrar un duro!

Eso sin olvidar lo más importante: el contacto con el público es directo si uno deja la posibilidad de comentar. Nunca se sabe qué buenos consejos se pueden obtener así.

Conciliar a los trabajadores que viven de la distribución y la red es fundamental, pero no se hará con modelos falsos, que explican la realidad de modo binario.