jueves, mayo 3

La tele-beneficencia.

Recientemente, he notado que varias cadenas de televisión han decidido incluir anuncios de beneficencia en sus programas de mayor audiencia. Supongo que no lo llamarán así, pero eso es. Estos funcionan así: un conocido de la parte interesada, informa al programa del caso de una pobre familia que tiene algún problema de solución difícil, cuando no imposible. El programa se pone en contacto con los necesitados y los llevan al programa a que cuenten su pena. Algunos de los casos, la verdad sea dicha, son tristes, especialmente porque, si uno tiene ciertos conocimientos de lo que es la investigación médica, es fácil ver que no tendrán solución feliz.

Dependiendo del programa, se centran más en unos tipos de casos que en otros. En el programa matutino de Canal Sur sienten cierta atracción por adultos en bancarrota, mientras que Sálvame prefiere a niños aquejados de enfermedades raras, de las que no se tratan en la sanidad pública. Por supuesto, todos siguen un esquema común: el invitado explica al público su situación, con mayor o menor entereza según su carácter, el presentador (como si tuviera una carrera de medicina o de economía, digamos) le hace preguntas al respecto, se exponen grabaciones o fotografías en el hogar de los damnificados -a veces, para comparar el aspecto que tenían estos en el pasado con el actual y así ver los estragos causados por la enfermedad-, el invitado se emociona y echa una lagrimita que es recibida con aplausos por el público y, si hay suerte, alguien llama para hacer una donación. El presentador, asimismo, hace una mención del importante apoyo que ha resultado para la familia la ayuda de algún amigo o destaca alguna ausencia importante (en el caso de un crío enfermo, el abandono de su padre). Por lo general, el presentador se congratula de la solidaridad del prójimo.

No sé, entonces, por qué todo esto me suena a la caridad. No hay que confundir esta con la solidaridad. La caridad, tradicionalmente, es el donativo que un rico hace a un pobre o un colectivo bien provisto a otro más desfavorecido y numeroso, visto desde una perspectiva clasista. La solidaridad, por el contrario, suele entenderse como la ayuda entre iguales, incluso aunque las diferencias económicas sean notables. Quien no vea clara la diferencia, que lea El árbol de la ciencia, de Pío Baroja, para tenerlo completamente claro.

Esto no quiere decir que los términos puedan ser intercambiados con el significado del otro, como es habitual con las ONGs de famosos. Es curioso decir que la beneficencia más defendida por los medios de comunicación esté a medio camino entre la solidaridad y la caridad: tiene en común con la primera su carácter multitudinario y anónimo por parte del espectador, y con la segunda la exhibición por parte de los medios, que se atribuyen todo el mérito y hacen negocio.

¡Caray, qué sorpresa! Son como la Iglesia.

4 comentarios:

Lansky dijo...

Sí, la distinción entre caridad y solidaridad es substancial, no anecdótica. La primera apuesta por amntener el statu quo, la segunda, no.

Ozanu dijo...

Sí que se me ha pasado decirlo.

Paloma Polaca dijo...

He de admitir que me genera cierta contradicción este tema que comentas Ozanu.

Entre caridad y solidaridad me quedo con la segunda, de eso no cabe duda. Pero aunque la segunda obedezca a ese exhibicionismo que comentas, el fin me parece bueno.

Lo que a mí me sorprende es que la solidaridad no vende, hay varios programas en Canal Sur y la Segunda con esa temática, suelen tener una audiencia muy modesta.

Supongo que la caridad es más televisiva y da lugar a espectáculo.

Por cierto, maravilloso libro "El árbol de la ciencia", una lectura muy recomendable.

Ozanu dijo...

En la 2 no sé, pero lo que veo en Canal Sur tiene un cierto lado exhibicionista que me parece más propio de la caridad, por la posesión de los medios que permiten dar a conocer el mensaje. Por otro lado, tengo que reconocer que han mostrado algunos casos, dependientes de factores económicos, que han tenido solución.

Lo que me causa mayor repelús hacia estos programas "emotivos" es que no dejan de ser una especie de Schadenfreude, la variedad "leve" del viejo cuento de los vagabundo y los altramuces: sentirse mejor porque uno está peor que uno mismo, no porque nos alegre su mal sino porque nos revela que nosotros no estamos totalmente hundidos.